ESPEJISMO
Durante el día, nuestro viajero sigue caminando, persistente, desesperado, abocado sin saber todavía a qué trágico destino. Los labios son costras, las mejillas cuentan llagas de quemaduras. El desierto se extiende bajo sus pies y por encima de sus hombros, inextinguible e infinito. Sin embargo, antes de que el sol empiece a caer, se para a contemplar la arena. Al mirar abajo, sus dedos están envueltos en finísimos granos de color marfil, que se escurren ligeros con cada movimiento. Piensa en el color tan cálido que tiene la arena de sus pies en comparación con la que ha estado observando en la lejanía todo este tiempo. Es más acogedor, como el del interior de una concha. Nuestro sediento se deja caer, sin voluntad, en ella. Siente como si a su alrededor se hiciese hueco, movida por alguna fuerza desconocida, como queriendo rodear su forma, cubrirle suavemente con un manto fino. Parece que ha esperado pacientemente para cobijarle. A su alrededor, siente miles de espirales de arena girando, como mil soles que acarician la extensión que le guarda. La brisa le conduce y, con el último rayo de luz ahogándose en el horizonte, tan exhausto caminante se queda dormido, creyendo oír, desde su concha, el lejano sonido del agua rompiendo contra las rocas.
colectivo KARIZ.
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ISSN 3081-8036
